NUTRICIÓN SALUDABLE

Vitamina D y actividad física: qué conviene saber

Introducción

La vitamina D suele aparecer vinculada al sol, los huesos y, en los últimos años, también al rendimiento físico. Sin embargo, alrededor de este nutriente circulan muchas simplificaciones: que “sube la energía”, que “mejora automáticamente la fuerza” o que cualquier persona que entrena necesita suplementarse.

La realidad es más matizada. La vitamina D cumple funciones importantes en el organismo, especialmente en la absorción de calcio, la mineralización ósea y diversos procesos vinculados con la función neuromuscular e inmunológica. Pero eso no significa que tomar suplementos sin evaluación vaya a mejorar por sí solo el rendimiento, la composición corporal o la recuperación.

Para quienes entrenan, lo más útil es entender tres cosas: qué hace realmente la vitamina D, de dónde puede obtenerse y cuándo corresponde prestar atención a un posible déficit.

¿Qué función cumple la vitamina D en el cuerpo?

La vitamina D es una vitamina liposoluble. Puede obtenerse en pequeñas cantidades a través de algunos alimentos, mediante suplementos y también por síntesis cutánea cuando la piel recibe radiación ultravioleta del sol.

Su papel mejor establecido está relacionado con:

  • absorción intestinal de calcio,
  • mantenimiento de niveles adecuados de calcio y fósforo,
  • mineralización ósea,
  • prevención de alteraciones como osteomalacia en adultos,
  • participación en procesos neuromusculares e inmunológicos.

Esto explica por qué se la asocia con huesos, músculo y movimiento. Un estado deficiente puede comprometer la salud ósea y, en algunos casos, relacionarse con debilidad o mayor fragilidad. Sin embargo, es importante diferenciar corregir una deficiencia de suplementar indiscriminadamente a cualquier persona activa.

El indicador más usado para evaluar el estado de vitamina D es la concentración sanguínea de 25-hidroxivitamina D. El National Institutes of Health señala que valores de 50 nmol/L —equivalentes a 20 ng/mL— o superiores son considerados suficientes para la mayoría de las personas, mientras que el riesgo de deficiencia aumenta por debajo de 30 nmol/L —12 ng/mL—.

¿El ejercicio mejora los niveles de vitamina D?

No necesariamente. Existe una asociación frecuente entre personas físicamente activas y mejores indicadores de salud general, pero eso no significa que el movimiento por sí mismo eleve la vitamina D.

Una revisión sistemática y metaanálisis de 2024 concluyó que la actividad física no parece aumentar los niveles de 25(OH)D de manera independiente del tiempo de exposición al aire libre. Es decir, entrenar en sí mismo no garantiza una mejor vitamina D si no hay otros factores presentes, como exposición solar adecuada o una dieta compatible.

Esto es especialmente relevante en personas que:

  • entrenan siempre en espacios cerrados,
  • viven en latitudes con menor radiación solar en ciertas épocas del año,
  • usan ropa que cubre gran parte del cuerpo,
  • pasan casi todo el día en interiores,
  • tienen antecedentes de déficit confirmados.

El mensaje práctico es simple: hacer ejercicio es esencial para la salud, pero no debe confundirse con una estrategia automática para corregir la vitamina D.

¿La vitamina D mejora la fuerza o el rendimiento?

La respuesta depende del contexto. Cuando existe una deficiencia real, corregirla puede ser importante para la salud general y para el funcionamiento muscular. Sin embargo, en personas sin déficit o sin indicación específica, la evidencia no respalda presentar a la vitamina D como un “potenciador” universal del rendimiento.

Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2025 evaluó la combinación de vitamina D con ejercicio. Encontró que la suplementación elevó los niveles sanguíneos de 25(OH)D, pero no mejoró la composición corporal más que el ejercicio por sí solo. Respecto de la fuerza, los efectos generales no fueron significativos, aunque se observaron mejoras modestas en algunas mediciones, especialmente en adultos mayores y en protocolos con dosis más altas.

Esto obliga a evitar dos extremos:

  • minimizar la vitamina D cuando hay indicios de insuficiencia,
  • exagerar sus efectos y convertirla en una solución mágica.

En nutrición y entrenamiento, casi siempre conviene escapar de las promesas absolutas. Una estrategia sólida sigue basándose en alimentación suficiente, descanso, entrenamiento bien planificado y controles médicos cuando corresponden. En esa línea, puede ser útil revisar Micronutrientes clave: hierro, calcio y vitamina D.

¿Dónde se obtiene la vitamina D?

Las fuentes alimentarias naturales son limitadas. Entre las principales aparecen:

  • pescados grasos como salmón, atún, trucha o caballa,
  • aceites de hígado de pescado,
  • yema de huevo,
  • algunos lácteos y productos fortificados,
  • hongos tratados con radiación UV en ciertos mercados.

La exposición solar también influye, pero no existe una recomendación universal que sirva igual para todas las personas. La síntesis cutánea depende de múltiples variables:

  • estación del año,
  • latitud,
  • hora del día,
  • color de piel,
  • edad,
  • uso de protector solar,
  • superficie corporal expuesta.

Por eso, no es prudente sugerir “tomar sol sin límites” con el objetivo de aumentar vitamina D. El equilibrio entre salud ósea y prevención del daño por radiación ultravioleta requiere sensatez y, en muchos casos, consejo profesional.

¿Quiénes pueden tener mayor riesgo de insuficiencia?

El NIH identifica como grupos con mayor probabilidad de presentar niveles insuficientes o deficientes a:

  • personas con exposición solar limitada,
  • personas con dificultades de absorción intestinal,
  • quienes tienen determinadas patologías renales,
  • personas con obesidad,
  • quienes siguen patrones alimentarios muy restrictivos,
  • adultos mayores en determinadas condiciones.

Esto no significa que todos deban suplementarse, sino que puede ser razonable evaluar el contexto clínico. La misma fuente remarca que no existe evidencia suficiente para recomendar cribado universal de vitamina D en adultos asintomáticos sin factores de riesgo específicos.

¿Conviene tomar suplementos?

Los suplementos pueden ser útiles cuando hay:

  • déficit confirmado,
  • indicación médica,
  • situaciones clínicas particulares,
  • dificultad real para alcanzar niveles adecuados por otras vías.

Pero también pueden causar problemas si se toman de forma excesiva. La toxicidad por vitamina D puede generar hipercalcemia, daño renal, calcificación de tejidos blandos y otras complicaciones graves. El NIH señala que la toxicidad se relaciona casi siempre con consumos excesivos a través de suplementos, no con la exposición solar habitual.

Por eso, en un artículo dirigido a personas activas, el mensaje debe ser claro:
suplementar no es lo mismo que cuidarse. Cuidarse implica evaluar hábitos, alimentación, exposición solar razonable, síntomas y antecedentes, y consultar cuando corresponde.

Relación con alimentación, hidratación y entrenamiento

La vitamina D no funciona aislada del resto de los hábitos. Un deportista o una persona físicamente activa que quiere cuidar su salud necesita mirar el conjunto:

  • energía suficiente,
  • proteínas adecuadas,
  • variedad alimentaria,
  • hidratación,
  • sueño,
  • carga de entrenamiento razonable.

Una buena planificación de comidas ayuda a evitar déficits globales y a sostener mejor el entrenamiento. Para eso puede servir Planificación alimentaria semanal sin dietas extremas.

También conviene recordar que la hidratación es una dimensión distinta pero igualmente importante del rendimiento y del bienestar físico. Si el objetivo es entrenar con regularidad y recuperarse mejor, vale la pena revisar Cuánta agua es necesaria según la actividad física: guía completa para hidratarte bien.

Conclusión

La vitamina D es importante para la salud ósea y participa en funciones relevantes para el organismo. En personas activas, conviene conocer su papel, prestar atención a posibles factores de riesgo y evitar mensajes simplistas.

Entrenar no garantiza niveles adecuados de vitamina D. Suplementarse tampoco garantiza mejor rendimiento. La mejor estrategia es más sobria y más segura: alimentación variada, exposición solar prudente, entrenamiento bien planificado y evaluación profesional cuando existan dudas o antecedentes.

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