Pie diabético y actividad física: cuidados básicos antes de entrenar
Introducción
La actividad física aporta beneficios importantes para las personas con diabetes, pero el estado de los pies merece atención antes y después de entrenar. La neuropatía puede disminuir la sensibilidad, mientras que los problemas de circulación pueden dificultar la cicatrización. Así, una ampolla o una pequeña lesión podría pasar inadvertida y evolucionar.
Esto no significa que toda persona con diabetes deba evitar el ejercicio. La clave es conocer su nivel de riesgo, utilizar calzado adecuado, aumentar las cargas gradualmente y consultar ante cambios que podrían indicar una lesión.
¿Qué conviene revisar antes de comenzar?
Antes de calzarse, es recomendable observar el empeine, los costados, los talones, las plantas y el espacio entre los dedos. Un espejo puede ayudar a revisar zonas difíciles de ver. Hay que buscar cortes, ampollas, grietas, callos, enrojecimiento, hinchazón, cambios de color, secreciones o diferencias de temperatura entre ambos pies.
También conviene pasar la mano por el interior del calzado para detectar piedritas, pliegues, costuras salientes o humedad. Las medias deben estar limpias, secas y sin zonas que formen arrugas o compriman excesivamente.
Si existe pérdida de sensibilidad, deformidad, mala circulación, una úlcera previa o una amputación, el plan de actividad debería definirse con el equipo de salud. Una evaluación profesional permite decidir qué ejercicios y superficies resultan apropiados.
¿Cómo elegir el calzado y organizar la actividad?
El calzado debe corresponder al tipo de ejercicio, sujetar el talón y ofrecer espacio suficiente para mover los dedos sin rozamiento. No debería utilizarse por primera vez durante una sesión prolongada. Es preferible probarlo gradualmente y revisar después si dejó marcas o zonas enrojecidas.
No se recomienda entrenar descalzo, ni siquiera en casa, cuando existe riesgo de lesión. También conviene evitar cambios bruscos de volumen: aumentar de golpe los pasos, las distancias o el tiempo de apoyo eleva el estrés acumulado sobre la planta del pie.
Dentro de un programa integral, el ejercicio puede contribuir al cuidado de la salud ósea y ayudar a prevenir la sarcopenia mediante entrenamiento y una alimentación adecuada. Sin embargo, la progresión debe adaptarse a la condición de cada persona.
¿Qué señales indican que hay que detenerse?
Durante y después de la actividad se debe prestar atención a dolor, ardor, hormigueo nuevo, cambios en la marcha o molestias provocadas por el calzado. Al finalizar, corresponde volver a revisar ambos pies y las medias.
Una herida abierta, ampolla, sangrado o zona enrojecida que no mejora al retirar la presión exige suspender el ejercicio que carga ese pie y consultar. No conviene cortar callos, pinchar ampollas ni aplicar productos cáusticos por cuenta propia.
Un pie repentinamente caliente, rojo o hinchado necesita valoración rápida, aunque no duela. También requieren atención urgente el cambio oscuro de color, la secreción, el mal olor, la fiebre o el enrojecimiento que se extiende.
Conclusión
Entrenar con diabetes puede ser seguro y beneficioso cuando el cuidado de los pies forma parte de la rutina. Revisar la piel, comprobar el interior del calzado y progresar gradualmente permite detectar problemas antes de que se agraven.
Las personas con neuropatía, alteraciones circulatorias, deformidades o antecedentes de úlceras necesitan indicaciones individualizadas. Esta información es orientativa y no sustituye la evaluación médica, podológica ni del profesional responsable del ejercicio.

